Mis títulos suelen causar controversia en el mundo de los puristas. No es la primera vez que pasa. Parece que están esperando detrás de un manojo de ceros y unos, entonces, aparecen y ponen pegas: “No me gusta esto, no me gusta aquello; esporas y generación no pueden ir en la misma frase; no tienes ni pajolera idea de lo que haces”, y bla, bla, bla. Los miro con la única cara que tengo, desde el otro lado de la pantalla, claro, y le doy una calada al cigarro y un trago a la cerveza. En persona no se atreverían a decir nada. Sentirían un miedo atroz y sobrehumano y optarían por tragarse sus palabras. Solo ocurre en el mundo virtual, estando a miles de kilómetros de distancia, cuando las drogas y el alcohol dominan la situación.

Una noche, hace unos diez años, me invitaron a una fiesta. Puede que no venga al caso, pero me da igual, hay que rellenar esta página como sea, y después: publicarla y sonreír como un colegial sobrexcitado. Continúo. Llegué allí acompañado por la mujer más guapa del mundo. Lo recuerdo bien. Fui directo a la cocina, sin saludar a la anfitriona. Necesitaba una copa y fumar, todo al mismo tiempo y con urgencia —no aguanto las fiestas de otro modo—, y el lugar para hacerlo era ese, la cocina.

Agarrado a la botella del whisky que más me gusta había un ser extraño, podría decirse que era un hombre, pero yo sabía que no. Lo identifiqué como Erudito a la Violeta a la primera de cambio. Sí, uno de esos puristas que suelen comentar mis títulos y tirar de hemeroteca cerebral como si no tuviesen otra cosa que hacer.

Añadiré que el tipejo iba bastante borracho.

—Tú eres el escritor, ¿verdad? —esas fueron sus primeras palabras.

“Mejor no digo nada —pensé—. Sonreír y agarrar el whisky, ya está. No merece la pena enzarzarse en una discusión.”

Se me escapó un “me dejas” justo antes de darle un golpecito en el brazo y hacerme con la botella. Luego le miré con cara de odio extremo y seguí a lo mío.

El individuo no se dio por aludido. Empezó a hablar como un loco. Hemingway por aquí, Kerouac por allá, que si Bukowski no puede ser un referente, que si Palahniuk es una basura; no es para tanto la generación Beat, decía continuamente, y qué decir de la generación X. Citó al menos una veintena de novelas y poemarios y autores y editoriales. Estaba poseído por la idiotez, por un espíritu ridículo. Es como si hubiese estado estudiando literatura americana durante las dos semanas previas a la fiesta, pensando que se iba a encontrar conmigo.

Eché hielo en un vaso ancho y me preparé una buena copa, whisky con ginger ale. Busqué a la anfitriona con la mirada y levanté el brazo de la copa. Ella me vio y se acercó. Nos besamos.

—Erudito a la violeta y gilipollas, buena combinación la de tu invitado —dije señalando al crítico espontáneo.

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