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Espero algún día brillar junto a ti

En plena juventud, y con sólo veintidós años a cuestas, Ana caminaba rumbo al altar.

¿Enamorada? Sí. Sí lo estaba.

Lentamente, al ritmo pausado de la música que servía como fondo a lo que sería su nueva vida se acercaba al destino que ella misma, en ese momento había elegido.

Sin embargo, recorrer ese camino de flores y esperanza, la alejaba; sin saberlo, de aquel amor que la seguía desde años atrás. Aquél al que se prometió en esta y en otra vida y conforme caminaba, él se volvía más tenue; comenzaba a ser tan sólo un velado recuerdo en el corazón de ella.

Feliz, se sentía feliz bajo el cobijo de Manuel. Al principio, siempre amoroso y dispuesto; siempre lleno de cariño y de calor para ella.

Andando la vida juntos, sus minutos, sus horas . . . sus años transcurrieron en una espiral en la que el calor se enfrió, el amor se convirtió en costumbre, el deseo en recuerdo y su vida en matrimonio.

Casados y latiendo juntos, mas la llama de la vida extinguiéndose a fuego tan lento que nadie lo notó, ni ellos, ni sus vástagos, ni la misma vida.

 

-Y tú. ¿Dónde estabas Guillermo? Bajo qué sombra te escondías aquel día.

¿Bajo qué tibieza del alma permitiste que tomara el camino hacia una vida que me convertía en sólo un recuerdo para ti?

Hoy, después de tantas lunas, de tantas estrellas apagadas; Ana sentada frente a una ventana en la que el llanto de la lluvia la lleva hasta “Memo” siente sus ojos, sus manos, su aliento y puede hasta toca cada latido de su corazón.

Podría decirse que cerca del otoño, el alma se duerme y se alimenta sólo de recuerdos, mas Ana no se conforma con eso. Hoy más viva que nunca, desea recuperar aquel amor que hasta hoy perdido.

Tal vez perdido en el tiempo, tal vez perdido en la distancia, tal vez esperando por renacer.

 

Ante la posibilidad de volver a sentir y saber de él, Ana se pone en contacto con Memo que conserva la promesa de años atrás y que hoy recuerda sin saber qué debe hacer con ella.

-No la merezco. Han sido tantos años.

-Tal vez ni siquiera sé cómo amarla.

Y ¿Qué puede hacer Memo con un corazón dormido?

Qué puede hacer con cada uno de los fantasmas creados por él mismo en esta historia de más de veinte años.  Qué puede hacer si él mismo les dio vida con sus propios pensamientos, si son tan fuertes que él cree que son parte de su ser.

-Llego el viernes. Espérame en el aeropuerto.

-No. No vengas.

-Llegaré. Hemos esperado tantos años que cuatro horas de distancia no nos detendrán. No hoy.

Por la cabeza de Memo, pasan tantas cosas. Las llamadas que no ha contestado a Ana, las cartas leídas y sin respuesta, mensajes, palabras, recuerdos, rencores.

No sabe qué hacer con esta esperanza de ser feliz, da vueltas, camina, se para, se sienta y se detiene frente a la ventana con un frío intenso causado por el temor de volver a verla.

¿Qué le dirá? No tiene palabras y no conoce de acciones.

Muere por dentro, quiere abrazarla, besarla; derramarle la pasión contenida por años, y sin embargo, se sume en una gélida burbuja que no lo deja expresarse y decirle cuanto la ama.

Ana emprende el camino. Llena de esperanza y con las manos y el alma cargados de deseo por ser recibida, besada y tocada. Su piel espera en franca ebullición, su ser espera ser recibido de tal manera que la haga quedarse y abandonar el mundo que la mira ahora.

 

-Ana. Gracias por estar, gracias por venir. Te amo, te deseo, pósate en mis brazos.

Son las palabras que él quiere decir, pero que son arrastradas al silencio por cada uno de los fantasmas que él creó.

Memo, en desesperación se muestra frío, distante, temeroso. Han sido suficientes horas en esta vida de contenerse a sí mismo que no sabe cómo regalar a Ana lo que en realidad siente.

-Aquí estoy, ante ti. Está en tus manos lo que será de mí en este momento.

Se acerca a Memo, le toma suavemente por la nuca pasando sus manos en una tierna caricia.

Posa su aliento frente a él y lo besa, de una manera tan esperada que cree perder el aliento.

Él, la toma lentamente por la cintura, acercándola tanto que en un segundo son uno mismo.

Con demasiada prisa, él la lleva al lecho, virgen de amor desde siempre.

Es en unos cuantos segundos sus cuerpos se encuentran desnudos, se besan iniciando por la boca, los hombros, el vientre y llegando hasta lo más profundo del alma; envueltos en un momento eterno al que llaman amor.

Tan conectados y vivos que por un momento parece que están tocando el cielo.

 

-Guillermo. Guillermo, aquí estoy. Es la voz clara de Ana, a darse cuenta que él se ha quedado sin palabras, ajeno a ese momento vivido por ella solamente en el interior de su ser.

-No Ana. Hay cosas que no pueden ser. Tu vida y la mía son diferentes. Tú eres luz, yo oscuridad. Tú eres vida plena y yo paso mis días latiendo, esperando por el final de este camino al que llaman vida. Esta vida en la que yo no merezco ni una fracción de tus pensamientos.

Ana, con el alma ensombrecida y el corazón partido vuelve a su ciudad. Confundida y sin respuestas, sin tener la certeza de si el amor es la parte negada de la vida junto a él, o son sus sombras creadas las que le impiden verla.

 

Siete días han pasado, Ana conserva su imagen en el recuerdo, su olor en la mente y su propia luz por delante.

Ha decidido emprender su camino sin él.

¿Cómo un amor destinado a ser eterno se puede consumir en la duda?

Ella, llena de luz, de vida y con el corazón a medio romperse, emprende nuevos planes, nuevas esperanzas de vida.

El corazón, cicatriza con el tiempo, el alma quizá vuelva a enamorarse, la vida tal vez se viva en plena felicidad.

Mas Ana, cada mañana revisa su correo, sus redes, su celular en espera de una chispa que le muestre que aquel hombre está decidido a revivir y a retomar la vida para vivirla junto a ella.

Mientras esto ocurre, ella canta, baila, es bendecida por la divinidad y se toma un té caliente frente a una ventana en que la lluvia no llora más.

Una ventana que le muestra la luna más grande y brillante ofreciéndole un mundo lleno de amor infinito en este momento no brilla él.

Un mundo en el que ella espera que con el tiempo, pueda brillar junto a él.

About Nora Arrieta

"Me llamo Nora, vivo en la ciudad de León en México y tengo 51 años. Desde siempre me ha encantado leer y crecí con historias de cuentos y hadas en las que los sueños se hacen realidad. Me encanta la novela histórica y la poesía. En mi juventud escribí y publiqué algunas obras y abandoné las letras para retomarlas apenas hace un año, disfrutando muchísimo pintar en pliegos mi vida y las que me puedo robar en mi andar diario. ¡Gracias por leerme y sentir mis palabras en tu ser!.

2 Comentarios

  1. Quizás sea que para que el amor sea perpetuo no se debe consolidar en convivencia y se alimente sólo de esperanza y breves reencuentros? Un beso.

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