relatos_en_cadena

 

Ya se aleja la luna. Mirando las estrellas desde el ático, Ángela se deja mecer, clavada a su butaca de terciopelo gris. A lo lejos, el volumen de su denostado televisor se cuela en los oídos sordos de la noche. Ángela inhala su enésimo cigarrillo. Allá abajo un perro aúlla a la esquiva luna o a los fantasmas de la noche. Ha sido el primero en vencer a la muerte.

Ha sido el primero en vencer a la muerte, esa muerte que nada tiene que ver con lo físico sino con la falta de vida y se sentía como aquel perro, ambos tenían en común mirar a la luna de frente, desnudos, ella con unos dedos amarilleados que olían a nicotina. Llegar a aquel ático le había costado tantas vicisitudes, había debido solventar tantos escollos, entre ellos el de su propia conciencia. Ella que siempre había sido tan recta, hasta esa noche.

Pero estaba allí, dispuesta a asumir con valentía el haber acudido. Ahora el destino tenía la última palabra…

Ahora el destino tenía la última palabra…o no, pensó, quizá en lugar de dejar su suerte en manos del destino éste necesitaba una intervención por su parte. Ángela sabía que debía tomar una gran decisión y resolver de una vez el gran conflicto en el que se hallaba envuelta a causa de sus sentimientos y emociones. No podía ni quería pasarse el resto de su vida atemorizada y justificando el comportamiento de Miguel.

De repente, el sonido de un estruendo hizo que sus pensamientos se detuvieran y se levantara de su sillón a echar un vistazo por la ventana.

Un vistazo por la ventana. Y allí estaba él, Miguel, llegaba como siempre con unas copas de más. El pobre perro que aullaba a la luna hacía tan sólo unos instantes, salió corriendo huyendo del lugar al verle llegar. El alcohol siempre le volvía violento y acaba de empujar un contenedor contra uno de los coches que había aparcado en las cercanías. Sabía que en breve subiría al ático donde ella se encontraba. Era justo el momento de tomar una decisión. 

Justo el momento de tomar esa decisión coherente, de huir como una cobarde, con el rabo entre las piernas, como el perro aullando, o esperar y enfrentarse a su suerte. Apagó el enésimo cigarro que se había fumado esa noche, ese era el último cigarro, al igual como lo que hiciera, sería el último intento. Aguardó, muy quieta, un silencio sepulcral invadía un ambiente enrarecido ya de por sí. El ascensor, precisamente en el ático reposando, fue llamado. Y siguió escuchando como iba subiendo, piso a piso, despacio .

Iba subiendo, piso a piso, despacio, y por unos instantes su corazón se disparó. Lo único que se escuchaba en aquel silencio sepulcral eran los latidos de su corazón acelerado. Aguantó como pudo las ganas de encenderse otro cigarro. Podía escuchar el ascensor cada vez más cerca, hasta que por fin escuchó cómo llegaba al ático y se abrían las puertas. Segundos después, el sonido de la llave en la cerradura y allí estaba Miguel. Quedó frente a él, viendo su desastroso aspecto tras las copas que llevaba encima. En ese instante, volvió a escucharse el aullido del perro a la luna y entonces lo tuvo claro, se enfrentaría a él de una vez por todas. Se enderezó todo lo que pudo y quedó cara a cara con él, con expresión seria en su rostro.

Con aquella expresión seria en su rostro, permaneció de pié mirándole a los ojos. El gritó exigiendo sumisión. Ella sin dejar de mirarle, con calma, explicó que en ese instante saldría de allí, para nunca  volver.  Dubitativo tardó en reaccionar, se abalanzó para golpearla como siempre, pero  tropezó con el borde de la alfombra, tambaleándose y cayó al suelo.

Desde su posición erguida abrió la puerta y cerro tras ella, respiró hondo y caminó al ascensor, no miró atrás ni una sola vez.

Era el comienzo de su nueva vida, pasara lo que pasase, jamás volvería a ser humillada por nadie.

Fin

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