El Poeta y la Locura

laotrahumana

 

La mítica nos dice que no somos un yo, un punto duro y único, sino  una orquesta de la que el foco de la conciencia  es, muchas veces, el director. En el sueño o en los estados en que el centro de la personalidad afloja su vigilancia, es cuando surgen aquellos entes vivos que se encuentran dentro de nosotros y que se expresan con voces particulares.

Quienes solemos escribir poesía,  estamos familiarizados con esta concepción múltiple de la mente. El impulso de escribir es a veces algo incontenible, a lo que debemos atender sin excusas; sin dilaciones. Encontramos nuestra veta, cuando nos liberamos de los lastres que aportan los tópicos o los condicionantes técnicos de la poesía; entonces comprendemos que las fuentes son muchas; que no nos constituye un solo  yo, como la cultura nos ha hecho creer, sino que somos una multitud. Voces femeninas o masculinas, independientes de nuestro género biológico; nostalgia, alegría, dolor: las personalidades, por lo general contenidas durante mucho tiempo, compiten entre ellas para expresarse a través de nuestros versos.

Aún hoy se habla de las musas: esas diosas que musitaban estrofas o notas en los oídos del aedo o del músico . Estas entidades forman parte de otro contexto mítico, absolutamente válido.  En mítica no sólo son legítimas distintas explicaciones para un mismo fenómeno, sino que son necesarias, ya que promueven la toma de conciencia, el “click” de comprensión súbita que va más allá de lo racional.

Resumiendo: esa conciencia unificada  a la que llamamos “yo”, no es otra cosa que el resultado de una sinfonía de seres. En la poesía, cada una de esas voces cumple una función solista, a lo sumo de dúo o de trío y el talento del vate depende del poder de su expresión.

Esto hace que el poeta sea en mayor o menor grado, un excluido. Al menos nunca será un “ganador” en el sentido en que nuestra cultura privilegia a aquellos que han logrado sobresalir como empresarios poderosos o que de un modo u otro han explotado sus condiciones de tipo “solar”. El poeta está vinculado al agua profunda, a la oscuridad, a lo lunar y al silencio. Sus contenidos abrevan en todo aquello que la sociedad considera proscripto.

Yendo a la historia, durante muchos siglos, el éxtasis fue una fuente de conocimiento. Beleño negro y otras drogas servían a las brujas de la Edad Media para sus viajes donde les eran revelados secretos que hacían a la vida, a la salud y a la fecundidad. Del mismo modo, el Peyotl, la Ayahuasca y otras hierbas enteógenas, amplían la conciencia y conducen a otras formas de conocimiento. Hoy, repetimos, todo esto se halla proscripto, y el poeta con su ejército de “Demons” (en el sentido socrático) es apenas tolerado, siempre que cumpla ciertas condiciones de adaptación al medio.

Este rechazo cultural, hace que quienes escribimos poesía suframos en mayor o menor grado de problemas de adaptación a la sociedad. Téngase en cuenta que la multivocidad originada en los seres que habitan en la personalidad del poeta, vincula a éste con cantidad de patologías psiquiátricas: desde el Trastorno de Identidad Disociativo hasta la Esquizofrenia.

La diferencia entre un rapto poético y un brote psicótico, es la desorganización de la mente; la incapacidad en el brote de regresar a lo cotidiano, de poder entrar y salir de la locura que asalta al individuo. La del poeta es entonces una demencia lúcida, una tendencia oscura, irrefrenable de recorrer el borde del caos; de asomarse a los abismos sin caer en ellos;  y de hacerlo, llevará siempre el mapa del camino de regreso. 

Locura, muerte, sexo: son los ámbitos naturales del poeta. Mientras el resto de la sociedad vive la realidad con una tranquilidad tibia, el vate es aquel que observa la precariedad del mundo y se siente impelido de hundirse en sus cimientos para expresarlos en los versos.

Gocho Versolari – Poeta argentino, residente en Estados Unidos 

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2 respuestas a El Poeta y la Locura

  1. Marina Collado dijo:

    Excepcional reflexión Gocho!!!! Un gran abrazo.

  2. Ana Centellas dijo:

    ¡Me encantó, Gocho! Un besote

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