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En mi juventud, no era descabellado hablar con Jorge Luis Borges. Ya sea que se lo encontrara en alguno de los cafés o de las calles de Buenos Aires que solía frecuentar, o que se lo llamara a su casa y se pidiera una entrevista, él siempre accedía. A esta actitud de apertura se debe que muchos de mis contemporáneos puedan asegurar sin sospechas de mentira, que en algún momento dialogaron con el genial escritor.

 

Con un grupo de amigos, solíamos encontrarnos con Borges en las temporadas altas de   Mar del Plata. El escritor era convocado para brindar conferencias ya fuera en el teatro Auditorium o en el salón del Centro Médico de la ciudad. Lindera al mismo había una fonda que databa del siglo XIX: “La Reforma” de Pedro Cambiazo. Allí, siguiendo la usanza del menú que otrora consumieran compadritos y malevos, se servían las famosas “picadas”: trozos de embutidos y queso, reposando en áspero papel de estraza que reemplazaba los platos.

 

Afecto a estos entremeses, Borges permitía que nos sentáramos en su mesa y que le formuláramos preguntas o comentarios. Solía deleitarnos con lecturas de antiguos poemas ingleses, a los que iba traduciendo a medida que los declamaba.

 

De esos días, recuerdo uno de sus consejos dirigido a quienes habíamos empezado a escribir. “No se apuren por publicar”, afirmaba con mucha frecuencia, y narraba que en su caso antes de la edición de su primer libro, pasaron cerca de treinta años. Al parecer, ésta había sido una de las premisas de la formación que recibiera en su juventud en los Países Bajos. Agregaba Borges que publicar prematuramente podía malograr una carrera literaria. En forma precoz, el escritor debía lidiar con problemas que sólo podrían ser afrontados en su madurez: no sólo las exigencias de editores, sino el favor del público, el sacrificar la calidad literaria, el verbo propio a cambio de la aceptación.

 

Hoy en día, la existencia de las redes sociales, hace que todo aquel que escriba su primer par de versos, pueda verlo publicado “ipso facto”, con lo que resulta casi imposible cumplir con el consejo de Borges. Es por eso que, además del talento, se exige en el escritor de nuestros días un temple inusual. Suele ocurrir que los lectores aplauden los golpes bajos o los tópicos; entonces la tentación de utilizarlos es casi irresistible. A fin de precisar, digamos que tópicos son metáforas, imágenes o expresiones utilizadas con mucha frecuencia; golpes bajos son la descripción de situaciones que con seguridad que provocarán en el lector una emoción predeterminada. El sufrimiento de un ciego; una mujer que muere en el momento de dar a luz; una joven que es seducida y abandonada, son algunos ejemplos habituales de golpes bajos y/o lugares comunes.

 

No siempre el golpe bajo es negativo como recurso. Hay muchos artistas que los utilizan con gran éxito, pero para hacerlo es necesario muchas “horas de vuelo” en una rama de la literatura o el arte y un cierto nivel de genialidad que, de poseerlo, podemos desarrollarlo. Como ejemplo de una obra llena de golpes bajos geniales, cito “El Cocinero, el Ladrón, su Mujer y su Amante”, la colosal película de Peter Greenaway, a la que recomiendo.

En todo caso, y considerando que a diferencia de la época en la que Borges daba sus consejos, hoy resulta casi imposible evitar la publicación, pido a aquellos que escriban que atiendan a sus llamados interiores, que lean a los clásicos y a aquellos grandes escritores que sean de su preferencia. En suma, que de sus propios infiernos y paraísos tomen la materia prima para armar su arte, sea aceptado o no por los lectores circunstanciales.

 

 

GOCHO VERSOLARI, Poeta argentino residente en Estados Unidos.