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El chico del niqui del caballo

El poder de las letras.-El chico del niqui del caballo

Apagó la luz y puso su cabeza en la almohada, dio deliberadamente la espalda a su pareja, evitando el más mínimo contacto de su piel, no quería ni por un instante despertar su libido, muy al contrario le habría gustado pensar que no existiría esa posibilidad nunca más, hiciera lo que hiciera, y que de una vez por siempre se había acabado aquel suplicio.

Cuando quedó aquella tarde con Silvia para ir al gimnasio, o como ella decía, al “gym”. Apenas tenía ganas de mover un músculo, pero procuró forzarse  a sí misma, había ganado en los últimos tiempos bastante peso con todo el tema de su temprana pre-menopausia…  Cogió el teléfono obligándose a ello, desde hacía semanas lo dejaba sonar sin responder, no tenía ganas de hablar con nadie, pero hoy necesitaba escuchar una voz invadiendo ese silencio que la estaba consumiendo en vida.

Caminaron hasta el gimnasio con paso rápido porque como siempre Silvia había tardado tanto en arreglarse que siempre llegaban tarde a todas partes. Incluso para ir a hacer ejercicio tenía que conjuntar todas sus prendas, y maquillarse adecuadamente. No dejaba pasar la oportunidad de aparecer reluciente por si algún día, de entre los bancos de abdominales fuera a surgir el Adonis que le librara del tedio reinante en su vida de soltera empedernida, con sólo 36 años ella se tildaba de tal a sí misma.

La sesión fue agotadora, cuando más evitaba el gimnasio, mas dura resultaba la vuelta y a pesar de proponerse no volver a faltar, sabía perfectamente que volvería a hacerlo, se conocía demasiado bien.

Decidieron tomar un té en una cafetería cercana antes de volver a casa.  Ese sitio siempre estaba abarrotado de chicos que salían de su sesión de pesas, tan jóvenes y musculados que solían mirarles por el rabillo del ojo. Aunque ellos sólo tenían ojos para las chicas jóvenes. Le había dicho muchas veces a Silvia que mirara de una forma más discreta, no quería pasar por parecer que estaban buscando algo de entretenimiento.

Cuando estaban a punto de marcharse, llegó una nueva horda de gimnastas recién duchados, de esos con aspecto de pijo recalcitrante, niquis con  caballos gigantescos, colores estridentes, pantalones rajados en tonos claros, incluso en un momento dado podrían haber pasado por gays. Con esa arrogancia insultante de su juventud, podían permitirse el lujo de ni mirarlas, pero esta vez sí lo hicieron.

Uno de ellos se aproximó a su mesa para pedirles una de las sillas, donde colocó desenfadadamente tu bolsa de deportes. El olor a perfume que desprendía fue como un bofetón de hormonas chocando contra su nariz, tanto que sólo con la impresión que le causó aquel olor, se sonrojó como una quinceañera… Nadie la miraba en ese momento, excepto Silvia que no sabía de qué iba, y al verla tan sofocada le preguntó qué le pasaba. Nada, azorada salió del paso con su excusa perfecta para acelerar su marcha del local, tenía que ir al supermercado para hacer su pedido, como solía hacer todos los miércoles.

Dejó a Silvia en la oficina y continuó su camino hasta el supermercado, con el típico tráfico lento de la última hora de la tarde, ensimismada no podía dejar de oler aquel perfume que parecía haber quedado preso en su pituitaria. Deambuló  por los pasillos hasta completar su listado, y luego dejó pagado el pedido para que se lo llevaran a casa.

Al llegar a su plaza de garaje, comprobó perpleja que estaba ocupada, y claro, llamó al encargado para que le explicara por qué aquel pequeño coche azul índigo estaba ocupando su plaza. Él le comentó que seguramente se trataba de algún nuevo inquilino de los que alquilaban los apartamentos del cuarto piso, que seguramente se habría equivocado. Realizó una llamada mientras ella esperaba. A los pocos minutos sonó el ascensor y al abrirse la puerta ella miró instintivamente, allí estaba aquel chico del gimnasio, pidiendo disculpas por ocupar su plaza. Una vez deshicieron el entuerto, el sacó su coche y lo llevó donde el encargado le indicaba mientras ella aparcaba el suyo y subía en el ascensor.

La puerta corredera del ascensor se cerraba, cuando alguien la forzó para entrar. ¡Oh no! el chico del niqui del caballo… Ella bajó la mirada, ante su persistencia mirándola, se acercó lentamente y se apoyó en la pared del fondo del ascensor. Pasó tan cerca que la bocanada de aquel perfume la hizo sentir hasta un mareo, ¡olía tan bien!… Ahora estaba detrás de ella, y se acercaba a su oído para pedirle disculpas de nuevo, pero ella sólo olía ese avasallador perfume que le nublaba por completo los sentidos. Giró la cabeza para volver a decirle que no se preocupara, pero él se encontraba tan cerca, que sus labios se rozaron, no pudo soportarlo más, le besó como hacía mucho tiempo no besaba, parecía que él hubiera estado esperando esa reacción porque su mano derecha la abrazó por la cintura aprisionándola contra su cuerpo, mientras su mano izquierda apretaba el botón de parada del ascensor.

Lo siguiente, una sucesión de visiones de sí misma en todas las escenas más tórridas que podría haber imaginado en su vida. Él desabrochando su camisa, y su sujetador, acariciando y besando, incluso mordiendo sus pezones, ella gimiendo y pidiéndole más… El desabrochando su falda e introduciendo la mano en sus bragas para acariciar suavemente e introducir sus dedos después con la humedad creciente de su sexo… Ella encaramada a su cintura, abrazándole con sus piernas para que introdujera su hermoso pene erecto dentro rápidamente, como si le urgiera sentirle dentro… Ese perfume le estaba volviendo loca… ¡Fóllame más!, le decía, ¡más fuerte, más!… Le resultaba difícil parar aquellas ganas irrefrenables de follarle en mil posturas, sin parar…

Unos golpes lejanos en una de las puertas del ascensor le hicieron volver en sí de aquella orgía sin razón… Paró en seco y él le preguntó porqué, ella comenzó a vestirse apresuradamente y puso en marcha el ascensor, marcó su piso en el teclado, y vio como él se apresuraba a su vez en vestirse de nuevo… La puerta del ascensor se abrió y ella salió sin mirar atrás, la llamada que alguien había hecho, puso de nuevo en marcha el ascensor, el se quedó allí mirándola desde dentro, sin saber que decir, ni qué hacer.

Ella sacó las llaves de su bolso, y mientras la puerta del ascensor se cerraba, pudo verla entrar en su casa, cerrando la puerta tras de sí. Le había dejado fuera de su mundo.

Dejó su bolso en la entrada y se acercó al mueble bar,  sacó un vaso largo y se sirvió un whisky, fue a la cocina a por hielo, mientras intentaba olvidarse de todo cuanto había ocurrido en aquel ascensor, hasta convencerse a sí misma de que aquello no había pasado. Borró su mente con un segundo whisky y tumbada en su sofá, se quedó dormida.

¿Sería el también capaz de olvidar todo lo que pasó en ese ascensor?

Pero eso era algo que a ella no le preocupaba, aprendió hace demasiado tiempo a tratar a los hombres como a ella la habían tratado.

@carlaestasola

Día 03/03/2016

 

11 Comentarios

  1. vaya relato carla lo he leído a las 5 de la mañana y si lo se cojo otra vez el ascensor jajajaja un abrazo y precioso.

  2. Wuauuu Carla, vaya manera de comenzar la mañana!! Jijiji Muy bueno!!
    Abrazo!! 🙂

  3. Reblogueó esto en KYNKYAy comentado:

    Erótico relato de Carla!!

  4. Reblogueó esto en Mundo Letrasy comentado:
    De @carlaestasola

  5. Marijose Luque Fernández

    3 marzo, 2016 at 21:10

    Uff!! Carla por la mañana temprano, ese chico… Ardiente relato, pero sabes…. Genial Final…

  6. Un relato de lo más sugerente, con encuentro fortuito y apasionado en el ascensor. ¡Muy bueno, Carla! 🙂

    Un saludo.

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