El amor sale al encuentro

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Con la llegada del otoño la ciudad retomó la programación de las actividades culturales. El novísimo auditorio era de líneas simples, geométricas, y en su construcción predominaba el granito y el cristal dándole un color gris claro. Era grande pero con la inmensa luz mediterránea todavía lo parecía más. Por dentro no defraudaba la expectativas creadas, innumerables salas se abrían a derecha e izquierda con jardines interiores. La luz natural se colaba por doquier y todo el conjunto daba la sensación de que uno se iba a adentrar en un mundo hermoso y desconocido.

La banda municipal inauguraba sus conciertos con un popurrí de las zarzuelas más célebres y las entradas serían difíciles de conseguir.

Pilar anhelaba asistir al concierto. Al recordar que Conchi casi siempre recibía invitaciones descolgó el teléfono y marcó, pero estaba comunicando. Sin vacilar cogió su bolso, las llaves y salió en busca de la ansiada entrada.

Cuando llegó al auditorio se encontró con una muchedumbre que se arremolinaba en la puerta principal por lo cual dedujo que el acceso era por invitación. Observó durante unos minutos a ver si reconocía a su amiga pues seguro que ella no faltaría a la primera cita musical de la temporada.

Tardó en darse cuenta de que la tenía unos pasos más adelante, pero cuando al fin contactaron visualmente sonrieron y Conchi, aproximándose, le preguntó: ¿tienes invitación, supongo?- a lo que Pilar respondió haciendo un gesto de negación con la cabeza.

Entonces vio que su amiga agitaba en su mano varias invitaciones y una expresión de alegría se dibujó en su rostro. Cuando pudieron entrar en el recinto se escuchaba una voz advirtiendo del comienzo del concierto y, justo al ocupar su butaca, se apagaron las luces quedando solo las del escenario. Un gran silencio se hizo en la sala.

Los primeros compases de Luisa Fernanda transformaban el ánimo de Pilar, sentía como se elevaba su espíritu. A medida que la banda desgranaba las notas de las composiciones, ella las ubicaba mentalmente: La revoltosa, La rosa del azafrán, La canción del olvido, Gigantes y cabezudos… y así sucesivamente.

Las emociones le brotaban a flor de piel. Gozaba con intensidad de cada pieza dando rienda suelta a su melomanía.

Al iluminarse de nuevo la sala Pilar miró a su derecha y por primera vez se fijó en su compañero de localidad. Le agradó lo bastante como para iniciar una corta conversación sobre las piezas que acababan de escuchar. Era un hombre alto, fuerte, de grandes ojos azules los cuales necesitaban gafas por la presbicia de la edad, y desde luego no tenía un pelo de tonto (estaba calvo). Cuánto más charlaban, más cómodos se encontraban. Se acabó el intermedio y la oscuridad volvió. Un silencio respetuoso se propagó por todo el recinto y la banda continuó con el resto de las partituras.

Pilar llevaba el ritmo de la música tamborileando los dedos sobre el brazo de la butaca. Sin darse cuenta rozó la mano de su compañero y un escalofrío recorrió su cuerpo, se disculpó con voz muy queda a lo que él respondió con una sonrisa.

Se escuchó el último bis, y unos atronadores aplausos sonaron en todo el local a la par que éste se llenaba de luz. La banda se retiró, y cuando el público abandonaba sus butacas, Pilar se dirigió a su compañero para despedirse.

Ella y Conchi se fueron a tomar un piscolabis mientras charlaban para ponerse al día, pues no habían tenido contacto durante el estío. La conversación, un poco insulsa, derivó hacia la soledad en que ambas se hallaban. Pilar siempre rechazaba las ocasiones de quedar con un hombre, pues quedó desengañada de sus anteriores relaciones y se negaba a sufrir de nuevo. Sin embargo su amiga era menos reticente que ella, por eso le dijo que le había conseguido una cita con un amigo de su hermano y ésta vez no podía eludirla como en otras ocasiones. Aceptó pues tomar un café con Javier, ese era el nombre de su próximo encuentro masculino. Pensó que tampoco sería para tanto, solo esperaba pasar una tarde agradable en compañía de un desconocido.

Puestas de acuerdo para la cita, y una vez que Conchi se cercioró de la asistencia de Pilar, se despidieron afablemente.

Los días se le hacían inacabables. A medida que estos transcurrían su inquietud se incrementaba a pasos agigantados. Su cabeza no pensaba en otra cosa, nunca antes tuvo una cita a ciegas, y sabía que era arriesgado pero confiaba en la sensatez de su amiga.

Por fin llegó el momento de la cita. Pilar buscó en su armario las prendas que más le favorecieran, las extendió sobre la cama y comenzó a probárselas. Ninguna le satisfacía, hasta que recordó un vestido en tonos verdes y blancos de generoso escote con el que siempre se sentía cómoda y atractiva, recurría a él cuando se hallaba en un apuro. Se puso unas gotas de perfume, echó una última mirada en el espejo y vio que todo el conjunto estaba perfecto. Tomó su bolso y fue al encuentro.

La inquietud se transformaba por momentos en nerviosismo, le comenzaban a temblar las rodillas; ya solo quedaba pasar el umbral de la cafetería, cerró los ojos, respiró profundo y se adentró en el local.

Junto a al barra descubrió al hombre que había conocido en el auditorio; él también pareció reconocerla y se acercó a saludarla. Pilar pensó “ójala fuera Javier”. Durante la conversación le dijo que tenía una cita por primera vez con un desconocido, a lo que él sonriendo respondió que quizás no lo fuera tanto, ya que intuía que su cita no era otro que él mismo.

Fueron hacia una mesa situada en un rincón junto a un gran ventanal. El humeante aroma de las tazas de café sirvió de excusa para derivar la conversación a temas con más enjundia. No se dieron cuenta del paso del tiempo, las luces brillaban dando un aspecto especial a la ciudad que parecía embrujada.

De pronto se quedaron sin palabras pero sus ojos hablaban por ellos. En silencio Javier le tomó suavemente la mano y dijo: ¿te gustaría que siguiéramos viéndonos?-

Pilar tardó unos segundos en responder pues los sonidos no afloraban a su garganta, así que asintió con la cabeza.

Se notaba el frío otoñal al salir de la cafetería, se cogieron de las manos y la primavera brotó en sus corazones.

Toñi

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