Dos desconocidos.

Una taza de café reposa humeante sobre una pequeña mesa situada junto a una ventana. La mesa, una de esas viejas mesitas de sobremesa redondas, necesita, sin duda, que alguien le pase un paño y retire de ella los restos de ceniza que se han ido acumulando al caerse del cenicero de cristal que comparte el reducido espacio con la humeante taza de café. Pero él no parece darse cuenta de ello. Permanece sentado en la butaca color chocolate que hay junto a la mesa, desde hace horas, sin moverse, quieto, como si el fin del mundo dependiera de ese movimiento que retrasa; solamente se ha levantado una vez para prepararse el café. Viéndolo desde fuera (su imagen se cuela sin compasión a través de la ventana que hay situada frente a él), diría que hoy ha tenido un mal día. Su rostro, impasible, deja asomar, sin embargo, un rastro melancólico de dolor y sueños rotos; su mirada, cristalina, se ha tornado dura y gris, triste; sus ojos pasean despacio por un infinito que parece alejarse de él desgarrando su ser. Una mueca estremece ahora su cara, inmóvil hasta este momento, como si de repente hubiera recordado algo que le hace reaccionar bruscamente. Enciende otro cigarrillo y arruga el paquete tras comprobar que es el último. Coge la taza olvidada sobre la mesa y da un corto trago al café, que ya se ha enfriado.  Alza la mano derecha para mesarse los cabellos, mientras en sus labios comienza a dibujarse una tímida sonrisa, algo ha hecho que reaccione. Me pregunto qué habrá sido mientras continúo sentada en el banco frente a su ventana. Él se ha levantado de la oscura butaca y ha apagado el cigarrillo en el atestado cenicero; despacio, se ha ido acercando a la ventana, mientras su mano continúa, olvidada, sobre su cabeza: la palma abierta, los dedos largos, estirados, como si estuviera simulando llevar una gorra. La imagen me resulta cómica, a pesar de la dureza que enmarca las últimas horas, y ahora soy yo, la que, divertida, sonrío. Entonces él se aleja de la ventana, dejándome allí, sentada, sin saber qué hacer. Saco de mi bolso mi cuaderno de notas, mientras me apresuro a inmortalizar en unas breves líneas las horas que he pasado observando al desconocido de la ventana.

-Hola.

Su voz es dulce, tranquila, sosegada.

-Hola, le contesto sorprendida.

Mi voz suena metálica, entrecortada, avergonzada. El hombre de la ventana, el desconocido triste e inmóvil, está plantado delante de mí; tiene las manos en los bolsillos de un vaquero gris, desgastado, “como su mirada”, pienso. Su cabello, despeinado, se mece al ritmo de una ligera brisa otoñal, testigo invisible de este inesperado encuentro.

-Hace horas que te observo- dice el desconocido-. Durante un rato me dio la impresión de que eras tú la que me miraba a mí, pero me dije que era una tontería pasar tanto tiempo mirando a alguien a través de un cristal. Aun así, no he podido evitar preguntarme qué harías aquí durante tanto tiempo, sentada, inmóvil, con la vista fija en el infinito. Hasta que me sonreíste…

Noto cómo se me seca la boca y pierdo la capacidad de hablar. Mi corazón late desbocado y siento cómo mi cuerpo entra en una espiral de sentimientos encontrados al descubrir el motivo de la inamovilidad del desconocido. Me doy cuenta entonces de que toda la atención del desconocido durante las horas pasadas iba dirigida a mí, a la desconocida que, sentada en el banco frente a la ventana, parecía triste. Lo miro y sonrío. Cierro el cuaderno de notas que aún permanece abierto por la página en la que he apuntado apenas dos palabras y lo guardo en mi bolso.

-¿Te apetece un café?, le digo con voz temblorosa.

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