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De amores

La luna está en lo más alto del firmamento y las estrellas junto a ella parecen una señal. Al menos eso sospecha Rebeca, quien sonríe al pensar que su amante pronto llegará. Sacude las sábanas blancas de su cama, enciende una vela en su mesa de noche y luego la apaga porque sabe que él prefiere la luz de la bombilla encendida.

Una vez más se pregunta si está haciendo lo correcto, y una vez más decide no pensar en blanco y negro: es necesario fijarse en los matices de la vida. ¿Qué necesidad hay de dejarse llevar por preocupaciones y remordimientos que no la conducen a nada?

Se mira al espejo y enfrenta su mirada con dulzura, no lleva maquillaje y está desnuda. Le gusta eso. Le gusta ver en su reflejo la celulitis que invade sus piernas, la caída natural de sus senos, la palidez de su rostro, el desorden de su cabello. Le gusta, porque a él parece no importarle.

Su piel se eriza cuando escuchas los pasos secos de Él, que se acerca, que abre la puerta del apartamento, que entra y la busca; que la encuentra y besa su cuello. Que la huele con afán, como el sediento busca el agua, y la sujeta con firmeza atrayendo su desnudez hacia él.

Rebeca siente la humedad entre sus piernas y devuelve los besos con la misma desesperación de su amado. Llevan encontrándose tres meses. Sin importar su historia personal, ambos conectaron la primera vez que se vieron y aunque él era un poco tímido y ella algo huraña, de alguna manera terminaron una noche de abril resoplando sus pasiones.

Él sabe dónde tocarla, cuándo y cómo. Ella piensa que le gustaría tener más agujeros para satisfacerlo y gime de placer en cuanto la penetra, lo mira a los ojos, muerde sus labios para no hacer demasiado ruido y se deja llevar por el vaivén de sus deseos.

Rebeca está llena de complejos como todas las mujeres, teme que en algún momento él vea cada uno de sus defectos y aunque no la conoce, ella no deja de preguntarse qué tan bella es su esposa… o cómo se verá frente al espejo. Con el tiempo se dará cuenta, que quizá él, a su edad no da importancia a esas cosas.

Ella muerde con cariño sus pezones, y él se aparta, pensando en las marcas que pueda dejarle, ella se ríe burlonamente y lo abraza con fuerza apretándole las nalgas. Una vez más ambos se olvidan del fantasma de la esposa ausente. Él se detiene y cierra los ojos, saboreando el instante, la humedad y calidez que alberga su virilidad.

Rebeca aprieta su cuerpo hacia él y le lame la oreja con cariño. Más excitado, aún, arremete otra vez contra sus caderas, mientras besa sus senos.

 «Rebeca» Murmura apretando los dientes y ella sonríe dejando escapar un gemido.

Nunca se han dicho un te quiero, pero para ambos es algo que no debe recalcarse, pues es una obviedad que se demuestra al encontrarse sus miradas.

Él termina dentro de Rebeca y se quedan así durante unos minutos, en completo silencio. Rebeca cierra los ojos una vez más, deseando que el instante sea eterno, pues sabe que él tendrá que irse pronto, que nunca amanecerá junto a ella. Que no le pertenece. Y aún así, siente que solo es de ella. Lo que sucede después, lo que se dicen después, es solo formalidad.

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4 Comentarios

  1. Demasiadas veces sucede lo que acabas de relatar y al final siempre pierde ella.
    Un abrazo

  2. Precioso con un toque erotico, gracias me ha encantado. Un abrazo

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