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Crónicas de una madrileña desde un pueblo pequeño de Extremadura

Despertar con el cántico de miles de golondrinas alborozadas con el amanecer de un nuevo día, con la campana de la iglesia que toca cada media hora. Excepto de 24:00 a 07:00 por aquello del dejar descansar a los vecinos.

Los perros ladran a lo lejos en los corrales de las casas, en un coro discontinuo. La luz se cuela por la ventana tenue en principio, pero  con firmeza da paso al fin al calor, aunque aquí hace mucho calor fuera, en casa con estos muros de ochenta centímetros, incluso por las noches refresca y hay que recurrir a encender la vieja chimenea.

Aquí todo el mundo te saluda, te dan lo poco que poseen, o lo mucho porque algunos viven holgadamente, no hay más que ver sus casas.

Mi vecina me regala huevos recién puestos por sus gallinas, no sé si podré comérmelos o se estropearán antes, pues en este preciso instante la casa carece de frigorífico. Se que la gran mayoría no vais a entender cómo se puede vivir sin un frigorífico, pero se puede os lo aseguro. Especialmente si estas tu sola, y siempre hay algo que comprar en las cuatro pequeñas tiendas que hay en el pueblo.

Perdón, quería decir tres, porque la cuarta, no es de alimentación, aunque aquí en casi todas las tiendas hay un poco de todo. La cuarta es un bazar donde puedes encontrar una miscelánea de cientos de productos apiñados en dos pequeños pasillos con poco más de tres metros de largo. El orden es bastante aleatorio, aunque la propietaria lo encuentra todo rápido, incluso yo en unos minutos he llegado a localizar los productos buscados: unas hojas de lija de diversos grosores, un destornillador, una llave inglesa y un cúter. Aunque habría podido comprar también productos de limpieza, que ya tengo. O una cacerola, un tinte para el pelo, o unas pinturas alpino de 12 colores para el colegio de esos pocos niños que se ven por aquí.

He conocido a uno de esos niños, Héctor tiene unos 9 años, y pasea bajo mi balcón para arriba y para abajo con juguetes en la mano. Casi siempre solo. Vive dos casas más allá, es el pequeño de tres hermanos. Estaba limpiando uno de los balcones cuando el pasó y se me quedó mirando, siguió caminando y volvió a mirar… La tercera vez que lo hizo, le saludé, y le pregunté su nombre. Es una práctica que hago desde que llegué la semana pasada a este lugar, siempre pregunto el nombre a la gente, y les digo el mío. Quizás quiero retener algunos de los que van a ser mis vecinos durante mucho tiempo. Quizás dándoles el mío reivindico mi lugar en esta pequeña sociedad  cerrada que suponen poco más de cuatrocientas personas.

La casa está situada cerca de la plaza del pueblo. No, no es una casa de campo, aunque aquí el campo no está más allá de doscientos o trescientos metros sigas la dirección que sigas en torno a la estrella de los vientos.

Se respira calma y silencio, justo lo que necesitaba en este momento. Pensar sobre todo, replantear algunas cosas que no están yendo como a mí me gustaría en mi vida, y concentrarme en mi misma por una vez, que ya me tocaba. Después de más de 25 años dedicándome en cuerpo y alma a los demás, hablo de todo aquello que te impide cuidar de tus inquietudes personales, y no de las de los que te rodean.

Algunos ya empiezan a preguntarse por qué he venido a parar a este reducto apartado de la civilización en busca de mi misma, como si buscarse en cualquier otro lugar no fuera válido. Seguramente lo es, lo será sin duda. Pero dejar los lastres atrás y desenvolverte por ti misma es un reto lo suficientemente atractivo como para embaucar a esa aventurera que creo llevar dentro, o al menos así es como me gustaría que fuera. No tardaré mucho en descubrirlo, y si os parece os seguiré contando las crónicas de un pueblo perdido en la Extremadura rural, cerca de Monfragüe, y de Plasencia… Lejos de familia y amigos. Dónde las encinas y olivos, cerdos y gallinas son mi paisaje ahora.  Aquí donde la dehesa sublima el sol haciéndole todopoderoso y donde a su sombra bajo  un árbol hiere menos y se convierte en acariciadora.

Seguramente a Paco Castañares, amigo tuitero, le encantará saber que me encuentro por sus lares, y a algunos amigos más que son de estas tierras, como lo fue mi madre, lo es, porque nosotros nos iremos, pero probablemente sin descubrir que es la tierra quien finalmente nos posee.

Un búho ulula al amanecer y al atardecer… La gran noticia del pueblo es que con la leña de un vecino llamado Andrés ha llegado un nuevo habitante, un lagarto de unos treinta centímetros al que las gentes del pueblo dedican más atención que a mí, y del que andan cuidando que nadie le haga daño.

La torre de la iglesia tiene tres nidos de cigüeña. En la casa de enfrente hay otro nido… Hay muchos por todo el pueblo. Es impresionante escuchar como baten sus picos a los doce y pico de la noche, cuando estás intentado coger el sueño. O cuando simplemente como hoy, trato de escribir sobre lo que veo.

Por cierto hoy vi pasar a Héctor con su madre, llevaba una venda en la muñeca, y le pregunté que le había pasado. Parece ser que a la salida del colegio se acercó al riachuelo a ver los peces, y se cayó al agua desde un viejo puente medio derruido… Para que os hagáis una idea, el puente no está vallado a los lados, y el riachuelo cubre unos cuarenta centímetros escasos, si casi hay más hierbas que agua, pero mi amigo Héctor quería ver los peces, a quien no le ha pasado a su edad… Y se asomó con la insaciable curiosidad de un niño.

Y ahora si completo el primer capítulo de crónicas de mi pueblo, una carta sincera, escrita desde lo que siento sobre la vida fuera de una ciudad

Sólo espero que Héctor se mejore pronto, y que no le duela el pequeño huesecillo de la muñeca que se ha roto en su caída. Aunque él nunca lo sepa, se ha convertido en mi primera preocupación en esta nueva vida.

Desde mi pequeño pueblo,

Carla

@carlaestasola

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3 Comentarios

  1. Preciosa crónica de tu nueva vida carla y de tu pueblo Extremadura. Preciosa mi madre es de allí. Badajoz un abrazo

  2. He vivido en una zona rural, pero no tan rural como en Carla está viviendo. Disfruté de su crónica de la vida en un pueblo que tiene todo lo que uno pueda necesitar; no necesariamente todo lo que uno quiera, pero todo lo que uno pueda necesitar, a partir de huevos frescos para herramientas de mano. La lectura del informe de Carla me hizo sentir como mi propia vida se había vuelto más lento de lo que ya es. Muchas gracias por compartir, Pedro.

  3. jeronimo noguera

    17 Junio, 2016 at 14:45

    Ya descubriste la inmensa Grandeza de las cosas pequeñas mi queridñisima y noble amiga, y ahora explota toda su belleza a través de tus palabras…Que gran tributo a la tierra, al cielo y las estrellas…Te felicito Carla.Enhorabuena por todas tus alegrías y el resolandor de tus penas

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