Buscando a Marta

 

El silencio de aquella casa, la mirada de aquella anciana mujer, la sensación de no saber, todo el conjunto la estaban volviendo loca. Confiaba en su sexto sentido y Amal le inspiraba confianza. Su nieto Aban también parecía un buen muchacho. Pero ciertamente, no sabía nada de ellos, ni ellos de ella. No tenía claro si la habían entendido cuando se intentó explicar de cómo había llegado hasta Túnez.

En cualquier momento podía entrar por aquella puerta Fernando y hacerla regresar a la fortaleza que la horrorizaba. Se tensó cuando escuchó el ruido de un vehículo. No conseguía acertar a saber si se trataba de nuevo de la moto que había escuchado antes.

Amal la cogió de la mano fuerte y sintió un consuelo, que la alivió de inmediato.

No se entendían con palabras, pero si con la mirada.

En ese instante entró Aban bastante nervioso. Con su español mal hablado me hizo entender que había conseguido, a través de un amigo, un coche que nos podría llevar hasta el consulado. Aquello me alegró tanto que me abracé a él, llorando. No me podía creer que todo iba a acabar bien.

Debíamos acostarnos para descansar, ya que saldríamos temprano, para no levantar sospechas de los vecinos. Quería poder estar en la puerta del consulado a las ocho de la mañana, pero la hora de salida sería las seis, antes de que amaneciera. Así que cuadramos relojes y nos despedimos, a su modo, con esa inclinación y esas miradas que no olvidaré nunca.

La estancia allí había sido lo más reconfortante que me había ocurrido nunca. A pesar de haber pasado muchos momentos de tensión, Amal, con su ternura me había hecho volver a la niñez y sentirme querida. Aban con sus locuras, a ratos, me sacaba una sonrisa y conseguía hacerme olvidar todo lo ocurrido.




Ahora debía descansar y pensar como explicar al consulado quién era yo y qué hacía allí.

Todo había sido muy confuso desde el mismo momento en que Fernando entró en su vida. Tenía miedo de no saber explicarse. De que no la creyesen. Ciertamente no disponía de ninguna documentación. Fernando se había ocupado bien de que ella anduviera por Tunez sin nada. Desde la misma salida del aeropuerto de Madrid, el se encargó de llevar todo lo indispensable, según él, incluidos sus documentos.

En casa de Marta, mientras, policías de la ciéntifica hacían su trabajo. Desde que Juan llamara a su amigo y le explicara el caso, habían pasado 48 horas. Y ya no cabía esperar más. No les constaba que Marta hubiera tomado ningún vuelo a Thailandia, en el día indicado en la carta recibida por la familia.

Por la casa, bastante ordenada para el gusto de la policía, hecho que le impedía hacer su trabajo ni presuponer nada, encontraron pocas pistas que concretaran dónde había podido ir a parar Marta. Tomaron huellas. Restos de comida hallada en la basura. Precisarían de una orden para poder buscar en aeropuertos y estaciones de tren. Juan confiaba en su amigo Raúl. Éste, una vez transcurrido el tiempo establecido en los casos de desapariciones de adultos, había comenzado una investigación en toda regla. Conocía a Juan desde niños, sabía que si él estaba tan asustado es porque aquella muchacha le había sucedido algo.

Y no algo bueno.

————————– CONTINUARÁ —————————————

 

 

 

About Miriam Giménez

Adoro escribir y contar desde mi punto de vista, que la vida es todo lo bonita que nosotros la queramos vivir.