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Autor: Toñi Redondo (página 2 de 19)

Navidad

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El escarabajo del desierto

 

El escarabajo del desierto relato  Subió las escaleras tan deprisa como le dejaban sus piernas, al llegar al desván empujó la puerta y se detuvo en el umbral para tomar aire, mientras echaba una ojeada por todas las cosas amontonadas durante años que estaban cubiertas por varias capas de polvo y telarañas.

Era grande, de madera oscura, con herrajes labrados y una cerradura extraña, seguro que estaba disimulado por la cantidad de trastos que dificultaban su búsqueda.

Recordaba ver a su madre agachada con el rostro pegado al baúl cada vez que lo abría, nunca consiguió saber como lo hacía sin embargo en una ocasión la vio acercar el colgante que llevaba al cuello, siempre oculto a los ojos de los demás.

Y sacar un libro amarillento con las hojas gastadas y algo rotas del que me leía cuentos de un país lejano lleno de riquezas, fantástico y mágico. Con los años le empezó a explicar su simbología, que debía aprender según ella por si alguna vez el libro desaparecía.

Sus diferencias aumentaron conforme su edad se aproximaba a su rebelde juventud; tan insoportable era su convivencia que se alejó del hogar, ahora ya en su madurez volvía a él.

Dejó atrás su orgullo e intentaba comprender los motivos de la insistencia maternal por aquel libro. Ahora sí, estaba preparada para afrontar y entender todo aquello que otrora le pareció “tonterías de viejos”.

Llegaba tarde su madre llevaba un tiempo que solo decía su nombre y apenas reconocía a las personas de su entorno, quizás escuchase su voz desde la lejanía y por eso regresó.

Alejó de su mente ese pensamiento y se dispuso a buscar el baúl, removió cada rincón hasta que el polvo la envolvía entonces abrió la destartalada ventana de madera y respiró profundamente el viento frío del cierzo.

Volvió sus ojos hacia el interior y por fin lo descubrió, estaba en el centro del desván ¿y como no lo había visto? Si estaba limpio tal y como lo recordaba.

Se agachó para abrirlo pero la extraña cerradura se lo impedía, entonces rememoró la imagen de su madre con el colgante acercándolo y ella levantaba la tapa con suma facilidad.

Cerró la ventana y la puerta con la idea de buscar el colgante comenzó por mirar en una cajita que simulaba un cofre, en él no encontró más que unas viejas piezas de un metal que desconocía.

Sin embargo siguió hasta altas horas de la noche revolviendo los cajones, armarios y cualquier rincón que sirviera para guardarlo. Intentó ponerse en el lugar de su madre para comprender donde escondería su preciado tesoro.

Se metió en la cama y mentalmente recorría cada lugar de la casa hasta quedarse dormida.

Al despertar con los primeros rayos de luz se incorporó al ver en la mesilla el colgante con su cordón azul intenso, se frotó varias veces los ojos creyéndose en un sueño y que al despertar desaparecería.

Lo cogió con manos temblorosas y comenzó a escudriñarlo, por su forma pensó “es un escarabajo” pero un escarabajo tan extraño y colorido que no recordaba haber visto algo similar.

Movida como por un resorte subió las escaleras del desván y puso el colgante en la cerradura, pero ésta no se abrió, decepcionada lo revisó tenía que haber una forma de encajar aquello pero ¿Cuál?

Repasó mentalmente todas aquellas lecturas que su madre le hiciera de niña allí tendría que estar la clave; todo el día con la misma idea en la cabeza que terminó por tener una jaqueca impresionante.

Bajó a la cocina a prepararse un café bien cargado con un paracetamol aunque no siempre resultaba eficaz. Sentada en el sofá con la habitación a oscuras cerró los ojos en espera que un rato el dolor desapareciese.

Una imagen se dibujó en su mente el escarabajo en su panza disimulaba una abertura que al girarla daba paso a un puntiagudo y diminuto triángulo.

Saltó del sofá descorrió las cortinas y fue en busca de una lupa para descubrir la parte móvil.

¡Eureka! la primera parte estaba conseguida, volvió a subir al desván se arrodilló frente al baúl acercó el escarabajo y éste no se abrió, ¿pero si lo había introducido bien, si encajaba a la perfección? ¿Qué pasaba ahora?

Decepcionada se le quedó mirando en silencio esperando que le hablara, como si pudiera hacerlo ¡qué tontería!

Se colgó el colgante en el cuello y bajó a la biblioteca, algo se le escapaba ahora lamentaba no haber prestado atención a los cuentos de la niñez.

Como atraída por un imán sacaba libros sin cesar hasta que encontró un libro envejecido por el tiempo y lo cogió. Lo abrió hojeándolo despacio las imágenes de las pirámides con sus colores brillantes la transportaron al antiguo Egipto.

Hacia la mitad del libro encontró el cuento que su madre le contara tantas veces “El escarabajo del desierto” ahora lo leía con detenimiento intentaba descubrir las claves secretas que ocultaba.

Y el porqué le respetaban los egipcios, a medida que avanzaba en la lectura lo comprendió. Tenían la creencia que el escarabajo hacía dar girar al sol como una pelota que a lo largo del día le daba vueltas hasta llegar la noche y al terminar de hacerla, regresaba con todo su esplendor por la mañana.

Lo cerró y lo colocó en el mismo estante que lo halló tapado con el montón de libros que quitara.

Acariciaba el colgante mientras subía al desván se concentraba en las imágenes de las pirámides y el escarabajo dorado que las acompañaba. Se agachó frente al baúl aproximó la llave y éste se abrió.

El contenido era simple unos pergaminos con jeroglíficos una caja de cedro y oro, y un librito escrito en un lenguaje antiguo quizá en un primitivo castellano.

Al abrirlo comenzó a leer en un perfecto castellano como si una fuerza extraña se hubiera apoderado de ella y fuera comprendiendo el significado de todo aquello.

Rituales y magia a partes iguales se adentraron en ella de tal forma que se convertía en una sacerdotisa con la misión de proteger y transmitir el legado a la futura generación.

Abrumada ante tanta responsabilidad tuvo miedo y entonces el baúl se cerró de golpe al tiempo que un grito de pánico salió de su garganta.

Sobresaltada se tocó el pecho buscando el colgante, cuando el golpe seco del libro al caer de su cama la despertó.

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Mi regalo de Navidad para todos. Toñi

El crepitar del fuego

El crepitar del fuego

Entró en casa tiritando de frío y eso que al invierno todavía le quedaba un mes para hacer su aparición. Sin embargo el fuego en el hogar estaba a pleno rendimiento, acercó sus manos a las llamas y a penas sentía su calor.

Sus ojos se quedaron atrapados entre la monótona música y el fulgor de su color. Impávida, ausente, más bien hipnotizada por el fuego casi al borde de quemarse, si no hubiera sido por el empujón que le dio su hermano para retirarla del fuego.

Ya no volvería a escuchar sus cuentos de miedo cada noche invernal, acababan de dejarlo en su reposo eterno, quizás pudiera recordar cada uno de ellos, el abuelo siempre le decía que en cada uno había un poso de verdad.

A pesar del frío y la nieve cuando la aurora se divisó en el horizonte Kina se levantó y se fue a la casa abandonada al otro extremo del pueblo, donde tenía prohibido entrar por el peligro constante de derrumbe. Lo que ella desconocía era el secreto familiar que escondía entre sus muros.

Al traspasar el umbral un mundo nuevo se abrió ante sus ojos, el fuego crepitaba en el hogar como si nunca se hubiese consumido; empujada por una fuerza superior se aproximó a él y sus manos tocaban las llamas sintiendo un cálido hormigueo.

A su espalda escuchó una voz femenina dándole la bienvenida:¡Hola Kina, que alegría verte!

Saludó con un leve movimiento de cabeza, incrédula ante esa mujer que tanto parecía conocerla. Con un gesto la invitó a sentarse a su lado junto al fuego.

—  Después de cuatro generaciones por fin podré pasar todos mis conocimientos a una  nueva mujer de mi familia y podré retirarme a descansar.

Estaré contigo hasta que hayas comprendido y perfeccionado nuestros secretos para que seas luego la transmisora de nuestros saberes más profundos-

No le daba tiempo a articular palabra estaba tan desconcertada por los acontecimientos que a duras penas entendía lo que la mujer le decía.

Debes entender lo más básico de la brujería que son los elementos el aire, el fuego, el agua, la tierra y el espíritu,

El aire simboliza nuestro pensamiento, el fuego el entusiasmo y las pasiones, el agua nuestras emociones, la tierra nuestro cuerpo y el sentido del tacto y el espíritu la parte inmaterial de nosotros.

Ellos también simbolizan el tiempo así el aire siempre debe representar el primer lugar, corresponde a la mañana, la primavera, la juventud y el Este.

El fuego es la tarde, el verano, la edad adulta y el Sur. El agua es el crepúsculo, el otoño, la madurez y el Oeste.

La tierra es la noche, el invierno, la senectud y el Norte. El espíritu abarca a todos ellos.

Por ello el aire es la idea y la reflexión, el fuego el entusiasmo que hace transformar nuestros pensamientos en actos, el agua significa nuestra parte sentimental, la tierra define lo físico de las situaciones y el espíritu es el núcleo de la circunferencia.

Los colores indican a los elementos así el amarillo es el aire, el rojo el fuego, el azul el agua y el verde con la tierra.

Para crear un buen hechizo tienes que involucrarte con cada uno de los elementos hasta poner una parte de ti o sea el espíritu.

Kina se asustó ante semejante perspectiva y solo se le ocurrió preguntar-¿Cómo crees que voy a hacer todo eso?-

-Poco a poco, te iré enseñando cada día hasta que vayas dominando todo de tal forma que seas el elemento que los englobe, cuando vea que has progresado lo suficiente daremos un paso más practicando primero los hechizos más sencillos y así hasta convertirte en mi sucesora.-

Asintió con un gesto y contestó-La casa se hundirá y nos aplastará.

-¿tú  ves su interior destrozado? no verdad?-Nunca se caerá-sentenció la bruja.

La joven movió la cabeza hacia los lados con signo de incomprensión y se alejó de allí. Mientras caminaba presurosa hacia su hogar su mente no dejaba de dar vueltas a la charla con la bruja.

Han pasado dos inviernos y ya se fundió con los elementos, sus primeros hechizos resultaban muy útiles a la gente del pueblo. El altar con imágenes religiosas antiquísimas rodeadas con representación de los elementos es donde hacía sus conjuros.

Según iba progresando la bruja le descubría poderes que ella ni siquiera podía imaginar. Una tarde al finalizar su clase le advirtió “no te enamores”

Kina la miró entre sorprendida y extrañada por la prohibición, solo acertó a decir: ¿Por qué?

-Es incompatible el amor con determinadas decisiones que a veces tomamos en nuestra condición de conocedoras de lo oculto-

-¿Alguna forma habrá para compatibilizarlo?-

-No, no la hay. ¿Has pensado que todos los miembros de la familia directa son varones?- La anciana sonrió, al tiempo que le contaba como solo sobrevivían los niños ya que el destino de las hembras era ser bruja y las que lo desechaba su vida era un constante infortunio.-

Para ella era tarde a sus diecisiete años se había enamorado de un hombre fuerte, moreno de ojos verdes como las aguas del lago, y un atractivo varonil que le llevaba hacia él como un imán.

Esa noche se la pasó dando vueltas en la cama no quería renunciar a ese amor, pasión o locura que tan feliz les hacía. Por otro lado no deseaba que ello le produjera sufrimiento a quién le elevaba hasta las nubes.

Siguió experimentando nuevos conjuros con la misma intensidad que al principio, hasta que la primavera floreció los campos y los cuerpos. Una noche de luna clara se fue con su amor al borde del lago sentados en la hierba comenzó a enseñarle las constelaciones del zodiaco al tiempo que señalaba una estrella diminuta y fulgurante.

Vivieron su pasión hasta fundir sus cuerpos y sus almas, eran uno. Ella le dejó preso de su fuego y ya nunca la olvidaría. Bajaban abrazados, despacio saboreando cada instante y mientras sus bocas ardientes se devoraban.

La pasión, esa locura de poseerse, de fundirse continuó hasta el solsticio de verano. Kina había tomado una decisión y la noche más bella que una mano pudiera dibujar se acercó al borde del lago, abrió sus brazos invocando a los elementos y muy despacio con los ojos cerrados se introdujo en el agua para que apagara su fuego.

Ellos sintiéndose traicionados se enfurecieron, la tierra tembló, las aguas bramaron llevándola al fondo, el aire se arremolinó convirtiéndose en un tornado y adentrándose en el agua la envolvió en su centro hasta dejarla en la pared donde su imagen quedó grabada y su espíritu fue condenado a vagar eternamente entre aquellas cuatro paredes donde todo comenzó.

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