Página de escritores

Relatos,poesías,poemas y literatura

Autor: José Antonio Rivas (página 1 de 5)

Hallarte

¿Qué suelo pisan tus pasos?
Incansable los busco perdido
en la inmensa marea de cuerpos
que deambulan sobre las aceras.
¿Qué piel recorren tus manos?
Arde mi mente en el fuego
de los sueños desgastados
previos al momento de hallarnos.
¿Qué paisaje adornan tus ojos?
¿Dónde me fulminará tu mirada?
¿Cuál será el momento mágico
en que los dedos se tornen lazos?
Recorreré el mundo entero.
Preguntaré a las silenciosas estatuas
en busca de algo que me arrastre
a ti como las olas
hasta romper en tus caderas
como el mar bravo en las rocas,
deseando las caricias de tus palabras
y los silencios de tu voz.

Estrellas del rock

El sonido de la guitarra
previo al silencio
acoplándose in crescendo.
La suave caricia de las baquetas
sobre el aro de la caja
buscando el reposo de las astillas.
El conmutador del bajo
rompe, en off, el baile una nota
oblonga estirada en el aire.
La música cesa
como si nunca hubiese existido.
Tan solo queda un pitido agudo
en los oídos a causa
de la sobredosis de decibelios
y una sensación que transforma
ideas en sensaciones
y estas en sonrisas.
Abandonamos el local
esquivando algunas litronas,
al salir lo hacemos caminando
sobre una alfombra de colillas quemadas.
Subimos al coche
y al encender el contacto
suena en la radio la canción
de éxito del momento.
Cada uno de los cuatro guarda silencio
y nos cuestionamos internamente
acerca del sentido de nuestro
pequeño intento musical
en un mundo gobernado
por gigantes de ruido:
Realmente aquello no tenía motivo,
ni futuro, y esa era la única razón
por la que cada tarde
nos intoxicábamos de acordes
entre aquellas cuatro paredes;
ajenos al tiempo, a la fama,
a las poses y al mundo.
Y éramos felices,
aunque cueste creerlo.
Quizá porque no aspirábamos a nada.

Un día de noviembre

Tumbados sobre la húmeda hierba
girábamos el cuello alternativamente
para comprobar que seguiamos ahí,
uno junto a otro, pese al silencio.
Sobre nosotros, siempre atemporal,
la inmensidad cósmica llorando leónidas.
Soltaste mi mano y te incorporaste
hasta sentarte, nuestras miradas
se cruzaron fugaces, pedí un deseo.
Para una despedida
siempre fue mejor
no decir nunca nada.
Y eso dijimos.
Mientras te marchabas
calculé una nueva órbita
para mis huesos y pensamientos,
obviando la elipsis de tus formas,
teniendo en cuenta la gravedad
de tu ausencia.
Continué tumbado bajo el espinazo de la noche
aguardando una revelación que nunca llegó.
Aquella madrugada aprendí que la astronomía
no es portadora de malos augurios
como creían las antiguas civilizaciones,
antes de que el optimismo fuese obligatorio
y experimentar tristeza una patología.

Antiguas entradas
A %d blogueros les gusta esto:
Copyright-protected by Digital Media Rights