En el vaivén de un limbo atemporal,

sobre la calma del oleaje azul,

entre garridos de aves tropicales

y el olor del sol sobre la arena:

Allí nos encontramos de casualidad.

Ambos estábamos buscando la Atlántida;

cualquier otro destino suponía un fracaso,

aún así hicimos un alto en el camino.

Ella era una sonrisa,

yo algunas palabras.

Hablamos de soledades acuáticas

y de muros sumergidos

en secreto bajo las aguas,

pero antes de decirnos adiós

callamos, fatuos, un beso.

Luego cada uno siguió su camino

hasta nunca más volver encontrarnos.

Con el tiempo he comprendido

que ella era la Atlántida,

que sin quererlo ya la había encontrado,

(y quiero creer que tú piensas lo mismo)

pero entonces no nos bastó tener la libertad

de poder llamarlo como nos diese la gana.

 

 

 

 

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