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AL RAYAR EL ALBA

Falta poco para el alba y las tinieblas de la noche comienzan a disolverse. Txori abre la ventana y exhala el humo de un cigarrillo, desde el interior de sus pulmones, lenta y pausadamente. Poco a poco las cumbres del macizo de Aizkorri van dejando de ser simples siluetas y sus contornos, sus hendiduras, sus sombras, sus misterios nocturnos van dibujando nuevas formas, aún tenues, aún de tonos homogéneamente azulados.

La noche ha sido larga. De ello dan fe el ambiente cargado de la habitación, los ceniceros repletos de colillas, las latas vacías de cerveza indolentemente abandonadas por los rincones.

Hace rato que los otros marcharon. Mikel observa a su amigo desde la penumbra. Recostado en el viejo sofá, con la luz eléctrica apagada para mejor escuchar los sonidos que, desde el exterior, el cercano amanecer comienza a filtrar hacia el interior de la estancia, concentrado en sus propios pensamientos permanece en silencio. Ya no quedan palabras que pronunciar. Todo lo que podía decirse había sido dicho ya. Toda discusión posible había sido expuesta, rebatida, mantenida o abandonada hasta la saciedad. La noche se llevaba, entre sus últimas sombras, las conversaciones, las peleas dialécticas, los últimos reproches, los ya sabidos desencuentros y los posibles acercamientos.

Tras darle una última calada, Txori tira la colilla. La primera claridad de la mañana va recuperando suavemente sus dominios, con la tranquilidad que da el saber, con total seguridad, que ha llegado el momento y que no puede ser de otra manera. Un gallo entona su primer canto. La armonía dulce de unos cencerros lejanos, desperezándose en algún rincón del valle, parecen responderle.

– Ya pronto sale el sol –la nebulosa figura de Mikel emite un sonoro bostezo desde el sofá en penumbra–. Ya tenía ganas de acabar con ésto. ¿Tú no?

Esta vez Mikel se incorpora trabajosamente para responder a su amigo.

– Se había perdido el sentido hace ya tiempo. Alguien tenía que dar el paso.
– Cuando uno mismo se ve desde fuera, las cosas son de distinta manera. ¿Qué te parece que tengan que venir unos extranjeros a abrirnos los ojos…?
– Bueno, Txori, a ti y a mí no. En las dos últimas asambleas ya intentamos convencerlos de que las armas debían quedar enterradas, que la lucha armada tenía que pasar a formar parte del pasado. Cuando el logro de objetivos es cero y las bajas demasiadas, se impone un cambio de estrategia.
– Sí, el diálogo, el famoso y denostado diálogo… A veces he pensado que a la Organización la dichosa palabra le desangraba las entrañas y la temía más que a la desarticulación de algún comando.

Mikel asiente despacio con la cabeza.

– Tantos años, tanta lucha, nos han hecho perder, a más de uno, el horizonte; olvidar la verdadera razón que nos impulsó a comenzar ésto; blindarnos a una realidad política que, no sólo ha cambiado sino que continúa cambiando.
– El mundo está cambiando muy deprisa y nosotros queríamos quedarnos atrás. Era ya momento de rectificar, de cerrar heridas, de cambiar… También nosotros cambiar… –Txori ha suspirado tan hondamente que Mikel no puede evitar sonreír–.
– Son épocas de cambio ¿eh, Txori?
– El cambio tranquilo, lo llaman en Madrid –y al decir ésto Txori sonríe abiertamente, aunque su mirada tiene algo de melancolía, de nostalgia, de esa tristeza que comienza en la retina pero no sabemos hasta donde abarca–. Cuando en el pueblo hablan de la masacre de Atocha, yo no tengo valor para responder, para decir que sí, que ha sido una salvajada; algo injusto que obreros como nosotros, gente del pueblo, chavales que hace un año se manifestaban en contra de esa otra guerra, de esa otra jodida guerra de Irak, precisamente hayan sido ellos los que han pagado la soberbia y la estrechez de miras de un gobierno vendido a los Estados Unidos. Mikel… –la voz pareció querer quebrársele–, me falta el valor para decir lo que pienso, ¡porque pienso lo mismo que ellos!… Y se me seca la boca cuando veo las imágenes en televisión, ahora que esas imágenes tienen a otro culpable. Y de repente me siento vapuleado, como si la onda expansiva de esas explosiones hubiesen alcanzado estas montañas; y es como si todo ese dolor lo hubiera provocado yo mismo, yo solo. Y ya no existe tan siquiera la Organización, el grupo; sólo estoy yo y yo soy el único responsable. Y ya no puedo escudarme en razones políticas, ni culturales, ni de raza, ni de nada. Porque también esos… –marcó cada sílaba– terroristas (sí, somos igual que ellos, lo sé), esos islamistas, creen tener unos motivos y ahora me doy cuenta de que no sirven de nada esas razones, que no ayudan en nada esas razones; que son injustas, que son mentira, que son basura integrista y que todos los integrismos son la misma basura y la misma mentira, aunque los motivos, las lenguas, las creencias sean distintas. Nosotros estamos llenos de la misma porquería. También nosotros hemos vivido dentro de una mentira. También nosotros, Mikel… También nosotros.

Un silencio hondo y quieto deja las últimas palabras prendidas entre las pocas sombras que quedan en el interior del cuarto mientras, afuera, comienza a despuntar el día. Mikel, que ha estado observando atentamente a su amigo mientras asentía, lenta, casi imperceptiblemente con la cabeza, rubricando aquel chorro de sentimientos que brotaban con la necesidad urgente de lo que ya no puede guardarse dentro por más tiempo, tras cerciorarse de que Txori no va a decir nada más, baja la vista y, tras unos segundos intensos, compactos, de ese tipo de segundos que absurdamente nos creemos en la obligación de llenar con alguna palabra, con algún gesto, dirige la mirada hacia la ventana abierta. Y como si en lo que va a decir se escondiese alguna culpa y le costara trabajo confesarla, susurra: “Ya amaneció. El bar de la plaza habrá abierto. Te invito a un café.”

©María José Hernández Hernánadez

About María José Hernández

Nací en el Madrid de 1960, aunque mis orígenes familiares se remontan más allá del mar, en las misteriosas islas Canarias. Soy madre de tres mujeres estupendas y abuela reciente de un precioso bebé que tiene revolucionado a toda la familia. Escritora de vocación (no obstante –por esos azares de la vida que suelen vapulearnos en la juventud, pillándonos a traición– estudié la carrera de Derecho, que aborrecía cordialmente, ya que en realidad lo que yo deseaba estudiar era Psicología), es una necesidad que intento satisfacer escribiendo en mis ratos libres. He colaborado en las revistas literarias Káskara Marga y El Celador; y en los periódicos El Día, de Tenerife y La Voz, de La Palma. Soy autora del libro de relatos “Salpicada de luna llena (y otros relatos)” (Ed. Nuevos Escritores), participé en el volumen Cien relatos geniales (Ed. Jamais) con el relato “La linterna”, la Cadena Ser emitió mi relato “El fotógrafo” y fui finalista del Premio Platero 2007 de Naciones Unidas en Ginebra. Actualmente disfruto jugando con mis tres pasiones, las palabras, la música y las imágenes en un blog al que estáis todos invitados a participar. Porque a los que amamos las diferentes formas de expresión artística, nos apasiona descubrir mundos, historias, perspectivas, personajes y los distintos lenguajes para expresarlos. Poesía, prosa, prosa poética, fotografía, dibujo, música… son los tipos de lenguaje que yo he escogido –o ellos me han escogido a mí– para jugar y para disfrutar de su belleza. Y son los que compartiré con vosotros siempre que así lo deseéis en mariajotahernandez.com Bienvenidos a este nuevo rincón en el mundo.

2 Comentarios

  1. Sin palabras me has dejado Marijota. Excelente!! Besazos!

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