El sonido de la guitarra
previo al silencio
acoplándose in crescendo.
La suave caricia de las baquetas
sobre el aro de la caja
buscando el reposo de las astillas.
El conmutador del bajo
rompe, en off, el baile una nota
oblonga estirada en el aire.
La música cesa
como si nunca hubiese existido.
Tan solo queda un pitido agudo
en los oídos a causa
de la sobredosis de decibelios
y una sensación que transforma
ideas en sensaciones
y estas en sonrisas.
Abandonamos el local
esquivando algunas litronas,
al salir lo hacemos caminando
sobre una alfombra de colillas quemadas.
Subimos al coche
y al encender el contacto
suena en la radio la canción
de éxito del momento.
Cada uno de los cuatro guarda silencio
y nos cuestionamos internamente
acerca del sentido de nuestro
pequeño intento musical
en un mundo gobernado
por gigantes de ruido:
Realmente aquello no tenía motivo,
ni futuro, y esa era la única razón
por la que cada tarde
nos intoxicábamos de acordes
entre aquellas cuatro paredes;
ajenos al tiempo, a la fama,
a las poses y al mundo.
Y éramos felices,
aunque cueste creerlo.
Quizá porque no aspirábamos a nada.

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